Autodesprecio

19 mayo, 2011

Salí por la puerta de casa
y empecé a sentirme indispuesto,
pero no podía darme la vuelta,
volver a entrar, tirarme en el sofá,
ver una película, leer, acostarme.
Tenía que ir allí, todo estaba previsto.

Pisé el centro de la perfo-cultura sevillana,
esa esquina donde se reúnen horteras sin fronteras
a beber cerveza y contar cuentos chinos.
Todos tenían una barba de tres días tan cuidada…
Y bebimos un rato, hasta que años después
subieron el precio de la caña hasta un euro y medio.

Entonces nos adoptaron en la cueva de los arquitectos,
donde el rey es un vampiro urbano que come mujeres
y el juez una judía que sobrevivió al holocausto.
El ambiente era cargado a tabaco y hedor humano,
pero tenían café y ponían cacahuetes gratis.
Sin humo, el lugar ha perdido su encanto.

Más tarde, alguna que otra vez, acabábamos con Franz Kafka,
con Michael Jackson, o viviendo una Utopía de lesbianismo.
Y las cervezas se convertían en combinados conservados en garrafas.
Mis amigos ya estaban borrachos y los demás eran inaccesibles.
Yo me ponía muy triste, a veces incluso quería estar muerto.
Muy deprimido me iba, o me quedaba, porque ya todo daba igual,
la luz era difusa y yo veía en blanco y negro.

Llegué a mi casa muy tarde y me puse a escribir
pensando en una mujer hermosa, pensando en todas,
y lo hice sin tener nada que decir.
Una sola idea rondaba por mi cabeza:
Cuando escribimos poesía somos unos farsantes.

Guerrillero Urbano
Publicado en La Lengua Fanzine número 5
Autorretrato (Vincent Van Gogh)